Para ir abriendo boca, Hoop presentaba, sola con su guitarra, los temas de su disco Hunting My Dress. Hoop fue la niñera de los hijos de Tom Waits y Kathleen Brennan. Lo que bebió en aquella casa parece haberlo absorbido y haberlo hecho suyo musicalmente. De ella dice Waits que su música es como ir a nadar en un lago por la noche. Con su gracia y las anécdotas que contó se ganó al público y con su música los encandiló.

Graba unas notas que deja sobrevolando en el aire, mientras con el violín borda la melodía y sus silbidos la perfilan.


Acto seguido Andrew Bird desplegó todo su buen hacer y como buen multiinstrumentista que es, tocó la guitarra, el violín, el xilofón y nos ofreció sus ya característicos silbidos como un instrumento más que complementa su música. No hay duda de que el de Chicago tiene presencia escénica, a pesar de que actúa solo, llena el escenario. Para sentirse más cómodo, se quitó los zapatos y una vez liberado de las ataduras terrenales, voló. Se lanzó a ofrecernos un recital de cantos y personalidad. Sus silbidos le dan a su música un aire a clásico, a faerie, a cuento de hadas o a época victoriana. No contento con eso, Bird es capaz de extraer maravillas de su violín. Graba unas notas que deja sobrevolando en el aire, mientras con el violín borda la melodía y sus silbidos la perfilan mientras canta alto y claro. Juguetón, divertido, como un personaje burtoniano, Bird se deja el espíritu en el escenario y el público cae irremediablemente rendido a sus pies. Jesca Hoop saltó al escenario para acompañar al ave cantora dos veces, una de ellas para cantar una deliciosa versión del Oh, sister de Bob Dylan mientras sus dos voces se entrelazaban como dos jilgueros en pleno cortejo. Bonito, es lo menos que se le puede llamar.
Uno de esos conciertos preciosos, donde la música es maravillosa y sales con una sonrisa de felicidad. El baile discotequero y desaforado del roadie sobraba, aunque le daba un punto de humor, lo cierto es que le restó importancia a lo que realmente merecía la pena, la música de Andrew Bird. Por lo demás ni una sola queja. Una de las cosas bonitas de la vida es despertarse con el sonido de los jilgueros cantar, deberíais probarlo. Es medicina para el alma. Esta noche escuchamos a uno de esos pájaros que vuelan por la música dejando su impronta en quien escucha su canto.